viernes, 3 de julio de 2009


No me es muy normal hacer esto de contar abiertamente y con detalle una historia, por eso no sé si resultará del todo bien. Pero intentaré dar una luz con respecto a lo sucedido el pasado 1° de Julio.

Antes, quisiera referirme a eso, a la fecha cuando sucedió. No lo he analizado nada, pero conozco gente que tuvo algo como un “unión” ese día. Habrá sido un día especial? Veamos, 1° de Julio 2009; eso significa 1/07/2009 = 1+7+2+9 = 19 = 1+9 = 10. El diez es uno más cero. Uno es identidad, es uno. Uno es yo, y el diez es el yo con nada más que sí mismo, no? En fin, al parecer la fecha no tiene mucho sentido. Quizás es el cierre del ciclo del 2008 (2+8 = 10).

Volviendo a lo que me sitúa frente a este computador, como dije ya, intentaré extraer todo recuerdo que me quede de esa tarde-noche.

Ese día en la mañana, le envié un mensaje a mi ex, diciendo que lo iría a buscar al trabajo. Decidí hacerlo temprano, para que tuviera oportunidad de estar tan preparado como yo para la ocasión, y no estar en desventaja frente a mí. Ese mensaje lo envié bien temprano, cuando iba en la micro camino a la universidad, alrededor de las 7 de la mañana. Y, ¿cómo es que se me ocurrió enviarle ese mensaje de la noche a la mañana? Pues, con anterioridad, me había respondido un mensaje que envié a un montón de gente. Envié algo así como una “cadena”. Era un videíllo que quería que mis conocidos disfrutaran. Y bueno, él lo respondió y ahí empezó algo como un dialogo y quedamos en juntarnos.

Siguiendo con la historia, ese día hice lo cotidiano sin más. Y a eso de las 14°° suena mi celular con su nombre. Yo estaba recién almorzado, con mis amigos dentro de uno de los edificios de mi universidad. Contesto super distraído y casi sin escuchar, a pesar de que le oía muy bien. Sin intención de ignorarlo, sino que estaba “interrumpiendo” mi momento. Con el llamado algo me dijo que salía a una hora y que no salía a la hora que pensaba… Al final quedamos a las 19°° en la estación de metro que queda junto a su trabajo.

Continuando con mi día, fui a dar mi examen que comenzaba a las 14°°, y sin mucha distracción lo finalicé bien temprano, como a las 15°°. Eso significaba que tenía cuatro horas para esperar la supuesta cita. Sin ansiedad, esperé en los computadores de mi facultad; pero antes de eso, retuve la mayor cantidad de tiempo a mis compañeros que ya no tenían nada más que hacer, como para acortar la brecha entre hacer nada esperando y el encuentro con mi ex.

Como a las 18°° ya no aguanté más en la sala de computadores. Ya había hecho de todo, hasta un texto había escrito. Cuando salí me encontré con un compañero y también intenté sacar provecho de la situación y conversamos un par de minutos solamente pues él tenía clases. Sin más me fui caminando a la cercana estación, con la esperanza de caminar lo suficientemente lento para llegar justo a la hora, o quizás algunos minutos pasados.

Caminando caminando, hacia la estación de encuentro. Sacando fotos por el camino, y viendo los posibles escenarios enmarcables dentro de mi lente, caminaba mirando de un lado a otro, fijándome en cada raro detalle digno de destacar dentro de, la ya, oscura y fría ciudad. Caminé hasta hallar un banco acogedor frente a una comisaría de carabineros. Me senté y saqué a “Narciso y Goldmundo”. Leí con gran distracción esta vez. El frío molestaba, la gente que caminaba frente a mí también me distraía. El poco sudor generado por el roce de la mochila contra mi espalda se congelaba y me incitaba a terminar de leer e irme de ahí. No me abrigué más ni me moví mientras el tiempo no avanzaba. Leía ahí sentado solo, mientras veía a algunos curiosos que alzaban sus ojos en mi dirección. Pasaron las horas y me decidí en marchar, lentamente hacia el punto de encuentro.

Con diez minutos de adelanto llegué. Me puse en el paradero y me apoyé como si estuviese esperando una micro. Escuchaba mientras radio y así el tiempo se me pasó volando. Con un par de minutos de atraso lo llamé. Él estaba cruzando la calle, en su “oficina”. Me dijo que bajaba “al tiro”. Le sugerí esperarlo por su vereda. Crucé bajo tierra la calle, y seguí esperando del otro lado, sin saber por dónde aparecería y deseando que se viese bien.

Rato esperé. No una eternidad, pero tiempo fue. No vi el reloj, estaba pendiente de su llegada y de mi nariz que se derretía con el frío de la noche que ya había llegado.

Sin mucha multitud apareció con un largo abrigo grueso y un bolso en su mano. Abrigado y guapo. Me alegró verle. Le saludé, lo abracé. En ese momento me ausenté. Yo no estaba ahí, solo mi cuerpo seguía los códigos sociales. Terminó el abrazo y volví.

Caminamos, sin rumbo por unos pasos. Él me dijo “a dónde vamos?”, yo respondí “a ninguna parte”. Sugirió invitarme a un restaurant a comer sushi. Lo seguí por una calle principal, y hablamos de lo que él estaba haciendo en su trabajo.

Llegamos al lugar sugerido, elegí donde sentarnos. Un sillón extenso y una mesa pequeña. Luces no muy altas que luego de un tiempo bajaron en intensidad. Pedimos pisco sour y unos pocos rolls, sin mucha hambre de por medio.

El trago llegó, las lenguas se empezaron a soltar.

No recuerdo mucho de qué hablamos, pero sí de lo mucho que nos mirábamos. Hablamos de la familia, de irse a vivir solos, de proyectos de vida, deseos a futuro, de cómo ha pasado el tiempo, de los padres, los hermanos, las responsabilidades, de lo bien que nos sentíamos, de lo poco que queríamos cambiar nuestra condición de solteros.

Con respecto a eso último, después de varios sorbos del trago, él viene y me pregunta, “y cómo está el corazón?” Ni recuerdo lo que le contesté, pero me pareció totalmente audaz su pregunta y algo curiosa. Quizás la respuesta no estaba en mí, pero de todos modos le contesté que estaba bien y tal.

Él me contaba que estaba super bien, y que prefiere estar soltero. Yo no muy convencido de mí, le digo que yo disfruté el estar soltero, pero que ahora lo había meditado de otra forma. Recuerdo que me sentí un tanto desesperado, al ver que me decía que pasaría su vida “pololeando con su trabajo”, pues es eso lo que entendí de lo que me dijo.

En fin, diálogos y más diálogos. Entre cada uno de ellos, después de la segunda copa de sour, veía su mano sobre la mesa, como un tigre mira a su presa entre la yerba. Quería tomársela, hacerla mía. Quería ser más obvio con respecto a mi sentir, y no tan solo dejar las cosas dentro de un coqueteo simplón. Al parecer, el alcohol no fue el suficiente, o la noche no se alargó tanto.

Se acabó el sushi, la segunda copa se vació y decidimos pedir la cuenta. Salimos del local, y caminamos por unas callecillas hasta llegar al centro. Caminamos bastante, durante como veinte minutos o más. En cada parada, lo miraba, con ganas de robarle un beso. No lo hice, a pesar de lo cerca que estuvimos. Caminamos, hablamos y bromeamos hasta llegar al paradero. Quería besarlo, pero simplemente hubiese sido raro en ese momento.

Subimos a la micro, nos sentamos en unos asientos detrás de otros altos. Algo ocultos, como últimos pasajeros, uno junto al otro. La jornada había sido larga y ya era algo así como las 23°°, y el sueño me atraía cada vez más. Como tanteando el terreno, le pasé mi brazo por debajo del suyo, hasta entrelazarlo, y apoyé mi cabeza en su hombro. Sólo quería saber la respuesta ante ello. ni un minuto permanecí así, diciendo que tenía sueño. Me levanté, de su hombro, y repitiendo la frase que alguna vez él me dijera cuando nos besamos por primera vez, le di un beso. Sentí mucho que no había sentido con ningún otro recuerdo. Mi estómago, mis hormonas bailaban dentro de mí. Mis labios repitieron la incursión. Mis manos en su cara, y nuestras lenguas jugando dentro de ese beso que había pertenecido al pasado, hicieron reaparecer la esperanza de que me podría gustar alguien.

Entre abrazos, besos y un par de palabras llegamos hasta mi bajada. Nos despedimos sin saber del próximo encuentro. La despedida podría haber sido para siempre… eso aún no lo sé.

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La Cita




No me es muy normal hacer esto de contar abiertamente y con detalle una historia, por eso no sé si resultará del todo bien. Pero intentaré dar una luz con respecto a lo sucedido el pasado 1° de Julio.

Antes, quisiera referirme a eso, a la fecha cuando sucedió. No lo he analizado nada, pero conozco gente que tuvo algo como un “unión” ese día. Habrá sido un día especial? Veamos, 1° de Julio 2009; eso significa 1/07/2009 = 1+7+2+9 = 19 = 1+9 = 10. El diez es uno más cero. Uno es identidad, es uno. Uno es yo, y el diez es el yo con nada más que sí mismo, no? En fin, al parecer la fecha no tiene mucho sentido. Quizás es el cierre del ciclo del 2008 (2+8 = 10).

Volviendo a lo que me sitúa frente a este computador, como dije ya, intentaré extraer todo recuerdo que me quede de esa tarde-noche.

Ese día en la mañana, le envié un mensaje a mi ex, diciendo que lo iría a buscar al trabajo. Decidí hacerlo temprano, para que tuviera oportunidad de estar tan preparado como yo para la ocasión, y no estar en desventaja frente a mí. Ese mensaje lo envié bien temprano, cuando iba en la micro camino a la universidad, alrededor de las 7 de la mañana. Y, ¿cómo es que se me ocurrió enviarle ese mensaje de la noche a la mañana? Pues, con anterioridad, me había respondido un mensaje que envié a un montón de gente. Envié algo así como una “cadena”. Era un videíllo que quería que mis conocidos disfrutaran. Y bueno, él lo respondió y ahí empezó algo como un dialogo y quedamos en juntarnos.

Siguiendo con la historia, ese día hice lo cotidiano sin más. Y a eso de las 14°° suena mi celular con su nombre. Yo estaba recién almorzado, con mis amigos dentro de uno de los edificios de mi universidad. Contesto super distraído y casi sin escuchar, a pesar de que le oía muy bien. Sin intención de ignorarlo, sino que estaba “interrumpiendo” mi momento. Con el llamado algo me dijo que salía a una hora y que no salía a la hora que pensaba… Al final quedamos a las 19°° en la estación de metro que queda junto a su trabajo.

Continuando con mi día, fui a dar mi examen que comenzaba a las 14°°, y sin mucha distracción lo finalicé bien temprano, como a las 15°°. Eso significaba que tenía cuatro horas para esperar la supuesta cita. Sin ansiedad, esperé en los computadores de mi facultad; pero antes de eso, retuve la mayor cantidad de tiempo a mis compañeros que ya no tenían nada más que hacer, como para acortar la brecha entre hacer nada esperando y el encuentro con mi ex.

Como a las 18°° ya no aguanté más en la sala de computadores. Ya había hecho de todo, hasta un texto había escrito. Cuando salí me encontré con un compañero y también intenté sacar provecho de la situación y conversamos un par de minutos solamente pues él tenía clases. Sin más me fui caminando a la cercana estación, con la esperanza de caminar lo suficientemente lento para llegar justo a la hora, o quizás algunos minutos pasados.

Caminando caminando, hacia la estación de encuentro. Sacando fotos por el camino, y viendo los posibles escenarios enmarcables dentro de mi lente, caminaba mirando de un lado a otro, fijándome en cada raro detalle digno de destacar dentro de, la ya, oscura y fría ciudad. Caminé hasta hallar un banco acogedor frente a una comisaría de carabineros. Me senté y saqué a “Narciso y Goldmundo”. Leí con gran distracción esta vez. El frío molestaba, la gente que caminaba frente a mí también me distraía. El poco sudor generado por el roce de la mochila contra mi espalda se congelaba y me incitaba a terminar de leer e irme de ahí. No me abrigué más ni me moví mientras el tiempo no avanzaba. Leía ahí sentado solo, mientras veía a algunos curiosos que alzaban sus ojos en mi dirección. Pasaron las horas y me decidí en marchar, lentamente hacia el punto de encuentro.

Con diez minutos de adelanto llegué. Me puse en el paradero y me apoyé como si estuviese esperando una micro. Escuchaba mientras radio y así el tiempo se me pasó volando. Con un par de minutos de atraso lo llamé. Él estaba cruzando la calle, en su “oficina”. Me dijo que bajaba “al tiro”. Le sugerí esperarlo por su vereda. Crucé bajo tierra la calle, y seguí esperando del otro lado, sin saber por dónde aparecería y deseando que se viese bien.

Rato esperé. No una eternidad, pero tiempo fue. No vi el reloj, estaba pendiente de su llegada y de mi nariz que se derretía con el frío de la noche que ya había llegado.

Sin mucha multitud apareció con un largo abrigo grueso y un bolso en su mano. Abrigado y guapo. Me alegró verle. Le saludé, lo abracé. En ese momento me ausenté. Yo no estaba ahí, solo mi cuerpo seguía los códigos sociales. Terminó el abrazo y volví.

Caminamos, sin rumbo por unos pasos. Él me dijo “a dónde vamos?”, yo respondí “a ninguna parte”. Sugirió invitarme a un restaurant a comer sushi. Lo seguí por una calle principal, y hablamos de lo que él estaba haciendo en su trabajo.

Llegamos al lugar sugerido, elegí donde sentarnos. Un sillón extenso y una mesa pequeña. Luces no muy altas que luego de un tiempo bajaron en intensidad. Pedimos pisco sour y unos pocos rolls, sin mucha hambre de por medio.

El trago llegó, las lenguas se empezaron a soltar.

No recuerdo mucho de qué hablamos, pero sí de lo mucho que nos mirábamos. Hablamos de la familia, de irse a vivir solos, de proyectos de vida, deseos a futuro, de cómo ha pasado el tiempo, de los padres, los hermanos, las responsabilidades, de lo bien que nos sentíamos, de lo poco que queríamos cambiar nuestra condición de solteros.

Con respecto a eso último, después de varios sorbos del trago, él viene y me pregunta, “y cómo está el corazón?” Ni recuerdo lo que le contesté, pero me pareció totalmente audaz su pregunta y algo curiosa. Quizás la respuesta no estaba en mí, pero de todos modos le contesté que estaba bien y tal.

Él me contaba que estaba super bien, y que prefiere estar soltero. Yo no muy convencido de mí, le digo que yo disfruté el estar soltero, pero que ahora lo había meditado de otra forma. Recuerdo que me sentí un tanto desesperado, al ver que me decía que pasaría su vida “pololeando con su trabajo”, pues es eso lo que entendí de lo que me dijo.

En fin, diálogos y más diálogos. Entre cada uno de ellos, después de la segunda copa de sour, veía su mano sobre la mesa, como un tigre mira a su presa entre la yerba. Quería tomársela, hacerla mía. Quería ser más obvio con respecto a mi sentir, y no tan solo dejar las cosas dentro de un coqueteo simplón. Al parecer, el alcohol no fue el suficiente, o la noche no se alargó tanto.

Se acabó el sushi, la segunda copa se vació y decidimos pedir la cuenta. Salimos del local, y caminamos por unas callecillas hasta llegar al centro. Caminamos bastante, durante como veinte minutos o más. En cada parada, lo miraba, con ganas de robarle un beso. No lo hice, a pesar de lo cerca que estuvimos. Caminamos, hablamos y bromeamos hasta llegar al paradero. Quería besarlo, pero simplemente hubiese sido raro en ese momento.

Subimos a la micro, nos sentamos en unos asientos detrás de otros altos. Algo ocultos, como últimos pasajeros, uno junto al otro. La jornada había sido larga y ya era algo así como las 23°°, y el sueño me atraía cada vez más. Como tanteando el terreno, le pasé mi brazo por debajo del suyo, hasta entrelazarlo, y apoyé mi cabeza en su hombro. Sólo quería saber la respuesta ante ello. ni un minuto permanecí así, diciendo que tenía sueño. Me levanté, de su hombro, y repitiendo la frase que alguna vez él me dijera cuando nos besamos por primera vez, le di un beso. Sentí mucho que no había sentido con ningún otro recuerdo. Mi estómago, mis hormonas bailaban dentro de mí. Mis labios repitieron la incursión. Mis manos en su cara, y nuestras lenguas jugando dentro de ese beso que había pertenecido al pasado, hicieron reaparecer la esperanza de que me podría gustar alguien.

Entre abrazos, besos y un par de palabras llegamos hasta mi bajada. Nos despedimos sin saber del próximo encuentro. La despedida podría haber sido para siempre… eso aún no lo sé.

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miércoles, 1 de julio de 2009

TOGETHER...


Aprovechando el tiempo que tengo quisiera dedicarlo a escribir algo. ¿Cómo es que tengo tiempo? Es que he decidido juntarme con mi ex hoy. Después de su trabajo, lo pasaré a buscar, y ver que sale. No lo he pensado mucho, y si lo pensara quizás no lo haría. Quizás no me juntaría con él, o quizás simplemente lo dejaría de pensar por el sinsentido que eso hace.

Hace un tiempo, después de más de un año de haber terminado con él, decidí llamarlo con la excusa de devolverle un par de cosas que tenía, y verlo de paso. Finalmente no le devolví sus cosas, pero sí me junté con él. No tengo mucho recuerdo de lo que sucedió ese día. Lo que queda en mi memoria es que nos juntamos un día de primavera, en la estación Quinta Normal, justo a la entrada del parque. De ahí caminamos hasta que las piernas se agotaron. Un par de veces nos sentamos hasta que llegamos a plaza Italia. Fue rara la experiencia del reencuentro. Ya todo estaba en el pasado. Los besos y buenos momentos, aún se recordaban, pero algo le decía al presente, que el pasado no quería repetirse. Esa vez no fue más que una cálida conversación, no tan lejana como me la había imaginado tiempo antes. Fuimos como un par de buenos amigos compartiendo de una tibia tarde de fines de primavera.

Recuerdo que fue antes de mi cumpleaños en Diciembre. Ese año no me llamó ni me mandó mensaje alguno.

Antes de despedirnos en la micro, le dije si quería ir a mi casa, pues quería estar con él más tiempo. Sentía esa conexión absorbente que siempre generó en mí. Él me dijo que no quería visitar mi casa; no se quería encontrar con mi mamá y todos los recuerdos que ese espacio representaba para él. Esa noche terminó ahí sin más.

Ahora la historia vuelve a ese punto de incertidumbre de qué será lo que pasó. Cómo estará?, más gordo, más flaco, mejor, peor? Todo es un enigma por ahora. Segunda vez que lo veré después de dos años y algo más de haber terminado.

No sé por qué hago estas cosas…

sábado, 13 de junio de 2009

Siesta


Después de una siesta, hace tiempo, me pasó algo como esto: "Cuando Goldmundo volvió en sí, era ya de noche. Sentía la cabeza vacía y atontada. Se sentía tendido en un lecho; no sabía dónde estaba y tampoco pensaba en eso, le era indiferente. Pero ¿en dónde había estado? ¿De dónde venía, de qué lugar de extraños acaecimientos? En alguna parte había estado, muy lejana, había visto algo, algo extraordinario, espléndido, terrible también e inolvidable... a pesar de lo cual lo había olvidado. ¿Dónde fue? ¿Qué era lo que había aparecido delante de él, tan grande, tan doloroso, tan dichoso, y que luego se había desvanecido?"

Relato de "Narciso y Goldmundo", luego de que Goldmundo despertase de un desmayo ocasionado por una fuerte tensión.

"Narciso y Goldmundo" - Hermann Hesse.

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Recuerdo que cuando me desperté de una siesta me hice la pregunta más extraña que hasta ahora me he hecho alguna vez. Me pregunté el por qué estaba vivo; en realidad la pregunta fue "¿por qué no estoy muerto?". Para mi fue rarísimo. No sé como me sentí, ya que fue hace mucho tiempo. Ahora con el texto de Hermann Hesse, se ha revivido en mi ese momento, donde desperté exaltado después de haberme acostado con el sol y despertado a oscuras.
¿A ustedes les ha pasado? ¿seré yo el único raro?
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viernes, 12 de junio de 2009

Descansando en el desierto



"Narciso y Goldmundo" - Hermann Hesse


"... Así, por ejemplo, conocer a un individuo es descubrir en él aquellas notas que lo distinguen de los demás."

"No podremos acercarnos por ningún camino (...) Nuestra tarea no consiste en aproximarnos, como no se juntan el sol y la luna, ni el mar y la tierra. Nosotros, caro amigo, somos el sol y la luna, el mar y la tierra. Nuestro objetivo no es el cambiarnos uno en otro sino el conocernos mutuamente y acostumbrarnos a ver y venerar cada cual en el otro lo que él es, la pareja y el complemento."

"Debes acostumbrarte a que sólo te tome en serio a ti mismo... En ti tomo en serio lo esencial y necesario..."

"Te tomo en serio cuando eres Goldmundo. Pero no siempre eres Goldmundo. Y lo único que anhelo es que seas total y enteramente Goldmundo. Tú no eres un erudito ni un monje; un erudito o un monje pueden hacerse de una madera inferior. Crees que te tengo por poco ilustrado, poco versado en lógica o por poco piadoso. En modo alguno; pero, a mi ver, no eres lo bastante tú mismo."

"...Nada más en una cosa yo te aventajo: yo estoy despierto mientras que tú lo estás tan sólo a medias y, a veces, duermes por completo. Llamo despierto a aquel que, con la razón y a conciencia, se conoce a sí mismo y conoce sus más íntimas fuerzas, impulsos y flaquezas irracionales, y sabe contar con ellas. El aprender esto es el sentido que para ti puede tener nuestro encuentro. En ti, Goldmundo, el espíritu y la naturaleza, la conciencia y el mundo de los ensueños se hallan muy distanciados. Has olvidado tu infancia, y ella desde el hondón de tu alma te solicita. Y te hará sufrir hasta que le prestes oídos... Lo serás (superior a mí) en cuanto te hayas encontrado a ti mismo."

"... La naturaleza de los de tu tupo, los que tienen sentidos fuertes y finos, los iluminados, los soñadores, poetas, amantes, son, casi siempre, superiores a nosotros, los hombres de cabeza. Vuestra raíz es maternal. Vivís de modo pleno, poseéis la fuerza del amor y de la intuición. Nosotros, los hombres de intelecto, aunque a menudo parecemos conduciros y regiros, no vivimos plenamente sino de modo seco y descarnado. Es vuestra la plenitud de la vida, el jugo de los frutos, el jardín del amor, la maravillosa región del arte. Vuestra patria es la tierra y la nuestra la idea. El peligro que os acecha es el de ahogaros en el mundo sensual; a nosotros nos amenaza el de asfixiarnos en un recinto sin aire. Tú eres artista y yo pensador. Tú duermes en el regazo de la madre y yo velo en el desierto. Para mí brilla el sol y para tu la luna y las estrellas; tú sueñas con muchachas y yo con mancebos..."

Uno de los primeros diálogos entre Narciso y Goldmundo. Narciso es el que se dirige a Goldmundo en cada uno de los párrafos, revelándole parte de su pensar.

"Narciso y Goldmundo" - Hermann Hesse

sábado, 18 de abril de 2009

Vivi o muri?...

Hacerse cargo. Mi pega eterna. Tomar responsabilidad sobre cosas que no son mías.
Es una pena. Siempre pasa lo mismo. Prejucio tras juicio.
Es necesario pensar las cosas. Ser existencialista. Por qué no ser simplista?
Me gusta ser complicado, enmarañado; todo un problema andante. Sí, ese soy yo, alguien especial que tiene problemas más importantes que la gente común. Nunca he sido enterrado vivo, o amenazado de muerte; pero he sufrido de una manera diferente.
Físicamente no me conozco. El reflejo de un espejo es un extraño para mí. Mi cuerpo es ajeno a mi conocimiento. No hay una conexión con la realidad física.
Hoy me siento un poco deprimido, y es verdad, no me conozco, no sé quién soy. Enfrentar las cosas desde el desconocimiento es como correr en un bosque frondoso, a toda velocidad; en una noche de luna nueva. No importa lo raudo que vaya, siempre los arboles van condicionando mi camino. La gran velocidad se transforma en estancamiento, y finalmente en parálisis total. No hay motor que empuje, tal falta de movimiento que detiene mi andar. Quiero llegar al otro lado, pero no sé que es lo que no me deja atravesar.
Es cierto, me fascinan las metáforas, y podría contunuar, que también en coplas me gusta argumentar. Es algo tonto, pero me suelo emocionar, al repetir los finales como un tonto cantar.
En fin, creo que he de terminar.
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lunes, 13 de abril de 2009

Rutina Ruína

Hace tiempo que me pasa lo mismo. Despierto por las mañanas y hago lo que tengo que hacer, y simplemente no me pregunto que es lo que quiero. Si es que llego a ese punto misterioso en donde las dudas comienzan a nacer y mi mente a cuestionar, termino por no hacer lo que en un principio debía hacer. Ahora quiero hacer algo, y mañana no tendré la misma intención. ¿Qué pasa con mis planes?, desaparecen por completo.
Hay días que me obligo a hacer cosas que planeé y que ya no me parecen correctas, como hay otros días que simplemente no hago nada.
Mañana quería hacer algo y ahora que lo pienso ya no lo haré.
El deber o el querer?
Quiero estar de una forma, y para ello debo hacer ciertas cosas. Quiero hacer otras cosas, pero para ello debo dejar el deber.
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miércoles, 19 de noviembre de 2008

Mitones


Recuerdo que cuando era chico, no soportaba el pan caliente sobre mis manos, o el agua de la ducha como a mi madre le gustaba.

La sensibilidad de cada uno es indetectable, a menos que lleguemos a esos límites que nos ponen tan incómodos. Dolor, molestia y quizás marcas, son necesarios para saber cuales son nuestra tolerancia a ciertos estímulos.

En una sociedad llena de experiencias sobreexitantes, es imposible pasar tranquilo si tus sensores perciben más del resto.

Me parece curioso que la foto de un pequeño bebe, con sus manos enguantadas en mitones me hicieran pensar en esto. Es tan solo recordar esas uñas afiladas de un crio sin conocimiento de lo suave y delgada que es su piel; pues han de saber, que los mitones de las guaguas son para que no se rasguñen ni se dejen heridas en la cara.

La reflexión casi inútil me llevó un paso más allá. Pensar en el calor que hace en este tiempo, o peor, pensar en el calor que hace en verano, época en la que yo nací. ¿Habré pasado mucho calor mis primeros meses de existencia, o me rasguñé toda la cara? ... Bueno, también puede haber habido un cuidador atento que evitó cualquier accidente.

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