
“Alejo Alejandrovich no había tenido celos jamás. A su juicio, este sentimiento constituía una ofensa para la esposa, en la que se debía tener una confianza sin límites, lo cual le parecía imprescindible para la existencia de la vida familiar. Por qué sentía esta confianza teniendo una mujer joven y bella, era una pregunta que no se había hecho jamás; pero es lo cierto que él no se había dejado dominar nunca por dudas ni sospechas: se había dicho que así debía ser y así había prometido otorgar una confianza ilimitada a su esposa.”
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“Entonces su mirada se dirigió al escritorio de su mujer y, como viera en ella una carta a medio escribir, sus pensamientos tomaron un rumbo completamente distinto. Empezó a pensar en ella y en lo que ella debía de pensar y de sentir. Por primera vez comprendió que Ana debía de tener sus propios pensamientos, sus deseos personales y su manera de vivir. Y esta idea le aterró de tal modo, que se apresuró a apartarla de su mente.
Jamás se atrevería a sondear un abismo semejante. Penetrar en el pensamiento y en el alma de otra persona era algo que chocaba con su manera de ser. Lo consideraba como una cosa nociva, como una fantasía peligrosa.”
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“Y dijo en voz alta:
– Lo que ella pueda tener sobre su conciencia no me incumbe a mí, sino a la religión.”
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“Entonces su mirada se dirigió al escritorio de su mujer y, como viera en ella una carta a medio escribir, sus pensamientos tomaron un rumbo completamente distinto. Empezó a pensar en ella y en lo que ella debía de pensar y de sentir. Por primera vez comprendió que Ana debía de tener sus propios pensamientos, sus deseos personales y su manera de vivir. Y esta idea le aterró de tal modo, que se apresuró a apartarla de su mente.
Jamás se atrevería a sondear un abismo semejante. Penetrar en el pensamiento y en el alma de otra persona era algo que chocaba con su manera de ser. Lo consideraba como una cosa nociva, como una fantasía peligrosa.”
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“Y dijo en voz alta:
– Lo que ella pueda tener sobre su conciencia no me incumbe a mí, sino a la religión.”
