viernes, 7 de agosto de 2009

Viernes... qué hacer?




Siempre se me ha hecho más fácil el escribir lo que tengo que pensar, en vez de pensar sin poner las cosas sobre un papel.


Tengo la oportunidad de ir a una fiesta, con un extraño y sus amigos. Por un lado está la opción de ir y gastar un montón de dinero, que quizás necesite a futuro, o simplemente pensar en el presente y después decir “Dios proveerá”.

Siempre he sido muy conservador, siempre muy provisorio. Recuerdo cuando estaba en el aeropuerto, o antes de llegar a él, pensaba en que este viaje sería diferente y que aprovecharía las cosas de otra forma, pero creo que lo que tengo que hacer es aprovechar las cosas pensando en las cosas que quiero.
Desmenuzando un poco: aprovechar, se refiere a las “oportunidades que te da la vida”. En este caso, estando en un país extranjero, debería de arriesgarme un poco más (en cuando a las experiencias sociales) y dar ese paso que nunca suelo dar. Quizás no pensando con la cabeza simplemente, sino combinando todas las cualidades que puedo explotar en mí. Mi inteligencia, mi intuición, mi espíritu hambriento de aventura, y las ganas de hacer algo nuevo y conocer gente nueva. Discriminando siempre, entre lo que quiero y no quiero, sin repetir errores anteriores y sin obsesionarse con actividades (deportes). Sin hacer correlaciones que pudieran no existir en la realidad.

jueves, 6 de agosto de 2009

Martes noite

No estoy acostumbrado a escribir de forma relajada. Siempre suelo tener algo que me impulsa a lanzar letras de mis dedos. Es como una libre asociación de palabras que quieren estar juntas sobre un papel.
Hay veces que tengo cosas que decir, pero no las digo, pues no tengo ganas de escribir, o no sé cómo expresarlo.

De repente escribo y escribo, con una falta de inspiración tremenda, y veo lo simple de todo y lo borro.
Ayer salí con un chico. Es uno nuevo, con el que me decidí a decirle que saliésemos por Santiago a tomarnos algo. Un café, un jugo. Luego sushi y una ensalada para mí. Una noche relajada, en medio del invierno santiaguino que no se deja ver del todo frío.

En Rio con lluvia

En Rio, con lluvia, en un departamento en donde quizás no quiero estar, pero acá en el paraíso, con gente que no es exactamente la más apropiada. Esperando que la vida cambie un poco las condiciones de este viaje. El tiempo dirá que cosa sucederá.

Esta segunda venida a Rio de Janeiro, ha sido totalmente diferente a la primera. Ahora es invierno, ya no hay tanto turista como antes. Tampoco está lleno de fiestas por doquier, no tengo internet en el departamento, la compañía no es buena, tengo muy poco dinero, mucha hambre y no tanto ánimo de hacer tantas cosas. El movimiento no llega como en verano, y la temporada hace que el sol se oculte muy temprano.

Aún no son ni las nueve de la noche, y el sueño ya me ha asaltado hace mucho tiempo. Me tienta con la tranquilidad de una cama, el abrigo y la calma de lo que me depara Morfeo.

Llueve y llueve en Rio. El sonido del agua cayendo en el balcón, es como una catarata que rompe en las baldosas que en la mañana, cono de costumbre, recibían la luz del sol cálido del verano brasilero.

Llueve y me acuerdo de los días de lluvia en Santiago, en mi casa, en el auto, en mi bicicleta, en los techos en donde me refugié, y en las gotas que también me tocó recibir muchas veces entre la universidad y el paradero, y en otros muchos recorridos por la ciudad. Debajo de un paragua, y no sólo bajo un techo seguro. Con los pies mojados y con la esperanza de llegar pronto a casa.

Momentos como los de lluvia, son tan poco frecuentes, que son difícilmente olvidables. Que lluvia en Rio ya me había tocado, no es la primera vez que me sucede esto. Se podría decir que es la segunda que me sorprende, pero es la primera que vivo en invierno.

Y sigo, no sé lo que hago por estos lados de Sudamérica. Quizás, como diría Raúl, si hubiera jugado mejor las cartas, estaría haciendo otras cosas, o estaría en otro lado. Al fin y al cabo, cuáles son mis intereses y objetivos de vida? Acaso no quiero vivir nuevas experiencias, sobreponerme a nuevos problemas, superar diversas cuestiones de la vida. Ahora estoy en búsqueda del mundo, viendo lo que sucede en otras partes, y como se siente el hacer algo que necesitaría mucha más planificación de la que en realidad le dediqué. Ha sido algo loco que nunca lo pensé hacer con anterioridad.

Casi que en un reconto un tanto pobre, sigo contando el principio.

Pues qué hago en Rio. La historia es simple, un amigo me compró el ticket de avión, y no me pude negar. Pero ¿qué clase de amigo regala un ticket de avión? Y la frase de “nada en la vida es grátis” me viene a la mente. La aceptación del regalo, viene con la implícita obligación de fidelidad a la compañía y de la renuncia a la libertad. Pero como lo implícito no me agrada, ni lo acepto como cierto, simplemente no firmé ni firmaré ese contrato, y haré lo que quiera, pues aún tengo esa libertad que nunca me ha abandonado. Nunca firmé ningún contrato ni tengo que ceptar algo que nunca se dijo. Yo hago y haré lo correcto.

miércoles, 22 de julio de 2009

Días de lluvia.

Días de lluvias y bocinas de autos, me hacen recordar hace años, en el que aprendí a manejar. Recuerdo las calles, el olor, la emoción y también, cómo no, recordar la motivación que me llevó a tomar, en vacaciones de invierno, un curso de manejo.

En esos días mi novio de turno se fue a Europa; el mismo tipo que ha vuelto a mi vida hace un tiempo, sin mostrar señales de vida hasta el momento. Que ese reencuentro fue solo una ventana fugaz entre el tiempo pasado y el actual. Hasta ahora no lo he visto, pues se ha tomado vacaciones y parece no querer retornar a Stgo luego.

Por ese amor de otoño fue que me decidí aprender a manejar. Traicionando mis principios, y dejando de lado mi bicicleta, me puse pié en el pedal y empecé a practicar.

Entre bocinas y charcos, a 40km/h aceleraba “raudo” por la ciudad. Al principio es cierto que me costó montón, pero luego del tiempo le tomé el ritmo.

La intensión era ir a buscar a mi novio al aeropuerto cuando llegara de su viaje. Finalmente nunca lo hice, y no es que hayamos terminado antes, pues nuestra relación se extendió mucho después de su llegada. Los padres fueron los que lo recibieron, yo simplemente me hice a un lado, teniendo en claro mi papel secundario.

domingo, 19 de julio de 2009

En un rebaño no quiero estar



De una conversación:


...pero en fin, creo que las personas no somos clasificables creo que no existe la homosexualidad tampoco... todo eso es teoría para tratar de entender las cosas uno empieza encasillándose en lo que se parece, y luego termina siéndolo en vez de asimilarse a esa descripción esos prejuicios creo que ayudan a que todos terminemos siendo muy parecidos y a que gente como yo, quiera diferenciarse aún más...

sábado, 4 de julio de 2009

Despertar – Lust or Love




Después de toda esta experiencia con mi ex, me di cuenta, después de ir a un carrete ayer, que ha pasado algo muy contradictorio en mí.

Contextualicemos un poco. Hace unos días tuve un reencuentro con mi ex. Mi mente ya se había hecho una idea. Después de esa cita, y todos esos besos, mi mente lo único que logró poner en rumbo fue la idea de una relación estable, quizás. Volver con mi ex, y volver a la monogamia tan menoscabada.

Teniendo ese concepto en mente, el sentirse “no disponible”, el estar cómodo con la “soltería momentánea”; salí a carretear. Ahí, ya en el meollo del asunto sentí que el deseo más carnal salía a flote, y la idea de la monogamia se fue enterrando cada vez más.

No quiero contar mucho lo que anoche sucedió, pues no hubo nada como un beso, o algo “raro”, sólo un coqueteo con un niño que hace tiempo conozco y lo considero un buen amigo. Sólo eso. Pero lo importante y preocupante es la pregunta que hasta ahora no tiene respuesta dentro de mi mente. ¿Quiero volver? Da lo mismo si la posibilidad existe o no. Recuerdo también escuchar a mi ex, que estaba super bien como un soltero más de esta ciudad. Pero, obviando eso, ¿Quiero empezar una relación? ¿Quiero establecerme?

Hay otro problema que mi mente clama de vez cada tiempo. Tengo la creencia, en mi mente (repito), de que este ex, debido a lo que sentí el otro día que nos juntamos, que es el que seguirá conmigo para siempre. Él es como mi pareja de la vida. Es el wn que sé es el correcto para decir “hasta que la muerte nos separe”… pero ¿será ahora el momento?

Con esto, tengo dos opciones: seguir soltero por la vida, jugando al conquistador que me gusta ser; o “madurar” un poquito, sentar cabeza, y tomar el premio mayor.

No sé si seguir con la lujuria o con el amor ¿?

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viernes, 3 de julio de 2009


No me es muy normal hacer esto de contar abiertamente y con detalle una historia, por eso no sé si resultará del todo bien. Pero intentaré dar una luz con respecto a lo sucedido el pasado 1° de Julio.

Antes, quisiera referirme a eso, a la fecha cuando sucedió. No lo he analizado nada, pero conozco gente que tuvo algo como un “unión” ese día. Habrá sido un día especial? Veamos, 1° de Julio 2009; eso significa 1/07/2009 = 1+7+2+9 = 19 = 1+9 = 10. El diez es uno más cero. Uno es identidad, es uno. Uno es yo, y el diez es el yo con nada más que sí mismo, no? En fin, al parecer la fecha no tiene mucho sentido. Quizás es el cierre del ciclo del 2008 (2+8 = 10).

Volviendo a lo que me sitúa frente a este computador, como dije ya, intentaré extraer todo recuerdo que me quede de esa tarde-noche.

Ese día en la mañana, le envié un mensaje a mi ex, diciendo que lo iría a buscar al trabajo. Decidí hacerlo temprano, para que tuviera oportunidad de estar tan preparado como yo para la ocasión, y no estar en desventaja frente a mí. Ese mensaje lo envié bien temprano, cuando iba en la micro camino a la universidad, alrededor de las 7 de la mañana. Y, ¿cómo es que se me ocurrió enviarle ese mensaje de la noche a la mañana? Pues, con anterioridad, me había respondido un mensaje que envié a un montón de gente. Envié algo así como una “cadena”. Era un videíllo que quería que mis conocidos disfrutaran. Y bueno, él lo respondió y ahí empezó algo como un dialogo y quedamos en juntarnos.

Siguiendo con la historia, ese día hice lo cotidiano sin más. Y a eso de las 14°° suena mi celular con su nombre. Yo estaba recién almorzado, con mis amigos dentro de uno de los edificios de mi universidad. Contesto super distraído y casi sin escuchar, a pesar de que le oía muy bien. Sin intención de ignorarlo, sino que estaba “interrumpiendo” mi momento. Con el llamado algo me dijo que salía a una hora y que no salía a la hora que pensaba… Al final quedamos a las 19°° en la estación de metro que queda junto a su trabajo.

Continuando con mi día, fui a dar mi examen que comenzaba a las 14°°, y sin mucha distracción lo finalicé bien temprano, como a las 15°°. Eso significaba que tenía cuatro horas para esperar la supuesta cita. Sin ansiedad, esperé en los computadores de mi facultad; pero antes de eso, retuve la mayor cantidad de tiempo a mis compañeros que ya no tenían nada más que hacer, como para acortar la brecha entre hacer nada esperando y el encuentro con mi ex.

Como a las 18°° ya no aguanté más en la sala de computadores. Ya había hecho de todo, hasta un texto había escrito. Cuando salí me encontré con un compañero y también intenté sacar provecho de la situación y conversamos un par de minutos solamente pues él tenía clases. Sin más me fui caminando a la cercana estación, con la esperanza de caminar lo suficientemente lento para llegar justo a la hora, o quizás algunos minutos pasados.

Caminando caminando, hacia la estación de encuentro. Sacando fotos por el camino, y viendo los posibles escenarios enmarcables dentro de mi lente, caminaba mirando de un lado a otro, fijándome en cada raro detalle digno de destacar dentro de, la ya, oscura y fría ciudad. Caminé hasta hallar un banco acogedor frente a una comisaría de carabineros. Me senté y saqué a “Narciso y Goldmundo”. Leí con gran distracción esta vez. El frío molestaba, la gente que caminaba frente a mí también me distraía. El poco sudor generado por el roce de la mochila contra mi espalda se congelaba y me incitaba a terminar de leer e irme de ahí. No me abrigué más ni me moví mientras el tiempo no avanzaba. Leía ahí sentado solo, mientras veía a algunos curiosos que alzaban sus ojos en mi dirección. Pasaron las horas y me decidí en marchar, lentamente hacia el punto de encuentro.

Con diez minutos de adelanto llegué. Me puse en el paradero y me apoyé como si estuviese esperando una micro. Escuchaba mientras radio y así el tiempo se me pasó volando. Con un par de minutos de atraso lo llamé. Él estaba cruzando la calle, en su “oficina”. Me dijo que bajaba “al tiro”. Le sugerí esperarlo por su vereda. Crucé bajo tierra la calle, y seguí esperando del otro lado, sin saber por dónde aparecería y deseando que se viese bien.

Rato esperé. No una eternidad, pero tiempo fue. No vi el reloj, estaba pendiente de su llegada y de mi nariz que se derretía con el frío de la noche que ya había llegado.

Sin mucha multitud apareció con un largo abrigo grueso y un bolso en su mano. Abrigado y guapo. Me alegró verle. Le saludé, lo abracé. En ese momento me ausenté. Yo no estaba ahí, solo mi cuerpo seguía los códigos sociales. Terminó el abrazo y volví.

Caminamos, sin rumbo por unos pasos. Él me dijo “a dónde vamos?”, yo respondí “a ninguna parte”. Sugirió invitarme a un restaurant a comer sushi. Lo seguí por una calle principal, y hablamos de lo que él estaba haciendo en su trabajo.

Llegamos al lugar sugerido, elegí donde sentarnos. Un sillón extenso y una mesa pequeña. Luces no muy altas que luego de un tiempo bajaron en intensidad. Pedimos pisco sour y unos pocos rolls, sin mucha hambre de por medio.

El trago llegó, las lenguas se empezaron a soltar.

No recuerdo mucho de qué hablamos, pero sí de lo mucho que nos mirábamos. Hablamos de la familia, de irse a vivir solos, de proyectos de vida, deseos a futuro, de cómo ha pasado el tiempo, de los padres, los hermanos, las responsabilidades, de lo bien que nos sentíamos, de lo poco que queríamos cambiar nuestra condición de solteros.

Con respecto a eso último, después de varios sorbos del trago, él viene y me pregunta, “y cómo está el corazón?” Ni recuerdo lo que le contesté, pero me pareció totalmente audaz su pregunta y algo curiosa. Quizás la respuesta no estaba en mí, pero de todos modos le contesté que estaba bien y tal.

Él me contaba que estaba super bien, y que prefiere estar soltero. Yo no muy convencido de mí, le digo que yo disfruté el estar soltero, pero que ahora lo había meditado de otra forma. Recuerdo que me sentí un tanto desesperado, al ver que me decía que pasaría su vida “pololeando con su trabajo”, pues es eso lo que entendí de lo que me dijo.

En fin, diálogos y más diálogos. Entre cada uno de ellos, después de la segunda copa de sour, veía su mano sobre la mesa, como un tigre mira a su presa entre la yerba. Quería tomársela, hacerla mía. Quería ser más obvio con respecto a mi sentir, y no tan solo dejar las cosas dentro de un coqueteo simplón. Al parecer, el alcohol no fue el suficiente, o la noche no se alargó tanto.

Se acabó el sushi, la segunda copa se vació y decidimos pedir la cuenta. Salimos del local, y caminamos por unas callecillas hasta llegar al centro. Caminamos bastante, durante como veinte minutos o más. En cada parada, lo miraba, con ganas de robarle un beso. No lo hice, a pesar de lo cerca que estuvimos. Caminamos, hablamos y bromeamos hasta llegar al paradero. Quería besarlo, pero simplemente hubiese sido raro en ese momento.

Subimos a la micro, nos sentamos en unos asientos detrás de otros altos. Algo ocultos, como últimos pasajeros, uno junto al otro. La jornada había sido larga y ya era algo así como las 23°°, y el sueño me atraía cada vez más. Como tanteando el terreno, le pasé mi brazo por debajo del suyo, hasta entrelazarlo, y apoyé mi cabeza en su hombro. Sólo quería saber la respuesta ante ello. ni un minuto permanecí así, diciendo que tenía sueño. Me levanté, de su hombro, y repitiendo la frase que alguna vez él me dijera cuando nos besamos por primera vez, le di un beso. Sentí mucho que no había sentido con ningún otro recuerdo. Mi estómago, mis hormonas bailaban dentro de mí. Mis labios repitieron la incursión. Mis manos en su cara, y nuestras lenguas jugando dentro de ese beso que había pertenecido al pasado, hicieron reaparecer la esperanza de que me podría gustar alguien.

Entre abrazos, besos y un par de palabras llegamos hasta mi bajada. Nos despedimos sin saber del próximo encuentro. La despedida podría haber sido para siempre… eso aún no lo sé.

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La Cita




No me es muy normal hacer esto de contar abiertamente y con detalle una historia, por eso no sé si resultará del todo bien. Pero intentaré dar una luz con respecto a lo sucedido el pasado 1° de Julio.

Antes, quisiera referirme a eso, a la fecha cuando sucedió. No lo he analizado nada, pero conozco gente que tuvo algo como un “unión” ese día. Habrá sido un día especial? Veamos, 1° de Julio 2009; eso significa 1/07/2009 = 1+7+2+9 = 19 = 1+9 = 10. El diez es uno más cero. Uno es identidad, es uno. Uno es yo, y el diez es el yo con nada más que sí mismo, no? En fin, al parecer la fecha no tiene mucho sentido. Quizás es el cierre del ciclo del 2008 (2+8 = 10).

Volviendo a lo que me sitúa frente a este computador, como dije ya, intentaré extraer todo recuerdo que me quede de esa tarde-noche.

Ese día en la mañana, le envié un mensaje a mi ex, diciendo que lo iría a buscar al trabajo. Decidí hacerlo temprano, para que tuviera oportunidad de estar tan preparado como yo para la ocasión, y no estar en desventaja frente a mí. Ese mensaje lo envié bien temprano, cuando iba en la micro camino a la universidad, alrededor de las 7 de la mañana. Y, ¿cómo es que se me ocurrió enviarle ese mensaje de la noche a la mañana? Pues, con anterioridad, me había respondido un mensaje que envié a un montón de gente. Envié algo así como una “cadena”. Era un videíllo que quería que mis conocidos disfrutaran. Y bueno, él lo respondió y ahí empezó algo como un dialogo y quedamos en juntarnos.

Siguiendo con la historia, ese día hice lo cotidiano sin más. Y a eso de las 14°° suena mi celular con su nombre. Yo estaba recién almorzado, con mis amigos dentro de uno de los edificios de mi universidad. Contesto super distraído y casi sin escuchar, a pesar de que le oía muy bien. Sin intención de ignorarlo, sino que estaba “interrumpiendo” mi momento. Con el llamado algo me dijo que salía a una hora y que no salía a la hora que pensaba… Al final quedamos a las 19°° en la estación de metro que queda junto a su trabajo.

Continuando con mi día, fui a dar mi examen que comenzaba a las 14°°, y sin mucha distracción lo finalicé bien temprano, como a las 15°°. Eso significaba que tenía cuatro horas para esperar la supuesta cita. Sin ansiedad, esperé en los computadores de mi facultad; pero antes de eso, retuve la mayor cantidad de tiempo a mis compañeros que ya no tenían nada más que hacer, como para acortar la brecha entre hacer nada esperando y el encuentro con mi ex.

Como a las 18°° ya no aguanté más en la sala de computadores. Ya había hecho de todo, hasta un texto había escrito. Cuando salí me encontré con un compañero y también intenté sacar provecho de la situación y conversamos un par de minutos solamente pues él tenía clases. Sin más me fui caminando a la cercana estación, con la esperanza de caminar lo suficientemente lento para llegar justo a la hora, o quizás algunos minutos pasados.

Caminando caminando, hacia la estación de encuentro. Sacando fotos por el camino, y viendo los posibles escenarios enmarcables dentro de mi lente, caminaba mirando de un lado a otro, fijándome en cada raro detalle digno de destacar dentro de, la ya, oscura y fría ciudad. Caminé hasta hallar un banco acogedor frente a una comisaría de carabineros. Me senté y saqué a “Narciso y Goldmundo”. Leí con gran distracción esta vez. El frío molestaba, la gente que caminaba frente a mí también me distraía. El poco sudor generado por el roce de la mochila contra mi espalda se congelaba y me incitaba a terminar de leer e irme de ahí. No me abrigué más ni me moví mientras el tiempo no avanzaba. Leía ahí sentado solo, mientras veía a algunos curiosos que alzaban sus ojos en mi dirección. Pasaron las horas y me decidí en marchar, lentamente hacia el punto de encuentro.

Con diez minutos de adelanto llegué. Me puse en el paradero y me apoyé como si estuviese esperando una micro. Escuchaba mientras radio y así el tiempo se me pasó volando. Con un par de minutos de atraso lo llamé. Él estaba cruzando la calle, en su “oficina”. Me dijo que bajaba “al tiro”. Le sugerí esperarlo por su vereda. Crucé bajo tierra la calle, y seguí esperando del otro lado, sin saber por dónde aparecería y deseando que se viese bien.

Rato esperé. No una eternidad, pero tiempo fue. No vi el reloj, estaba pendiente de su llegada y de mi nariz que se derretía con el frío de la noche que ya había llegado.

Sin mucha multitud apareció con un largo abrigo grueso y un bolso en su mano. Abrigado y guapo. Me alegró verle. Le saludé, lo abracé. En ese momento me ausenté. Yo no estaba ahí, solo mi cuerpo seguía los códigos sociales. Terminó el abrazo y volví.

Caminamos, sin rumbo por unos pasos. Él me dijo “a dónde vamos?”, yo respondí “a ninguna parte”. Sugirió invitarme a un restaurant a comer sushi. Lo seguí por una calle principal, y hablamos de lo que él estaba haciendo en su trabajo.

Llegamos al lugar sugerido, elegí donde sentarnos. Un sillón extenso y una mesa pequeña. Luces no muy altas que luego de un tiempo bajaron en intensidad. Pedimos pisco sour y unos pocos rolls, sin mucha hambre de por medio.

El trago llegó, las lenguas se empezaron a soltar.

No recuerdo mucho de qué hablamos, pero sí de lo mucho que nos mirábamos. Hablamos de la familia, de irse a vivir solos, de proyectos de vida, deseos a futuro, de cómo ha pasado el tiempo, de los padres, los hermanos, las responsabilidades, de lo bien que nos sentíamos, de lo poco que queríamos cambiar nuestra condición de solteros.

Con respecto a eso último, después de varios sorbos del trago, él viene y me pregunta, “y cómo está el corazón?” Ni recuerdo lo que le contesté, pero me pareció totalmente audaz su pregunta y algo curiosa. Quizás la respuesta no estaba en mí, pero de todos modos le contesté que estaba bien y tal.

Él me contaba que estaba super bien, y que prefiere estar soltero. Yo no muy convencido de mí, le digo que yo disfruté el estar soltero, pero que ahora lo había meditado de otra forma. Recuerdo que me sentí un tanto desesperado, al ver que me decía que pasaría su vida “pololeando con su trabajo”, pues es eso lo que entendí de lo que me dijo.

En fin, diálogos y más diálogos. Entre cada uno de ellos, después de la segunda copa de sour, veía su mano sobre la mesa, como un tigre mira a su presa entre la yerba. Quería tomársela, hacerla mía. Quería ser más obvio con respecto a mi sentir, y no tan solo dejar las cosas dentro de un coqueteo simplón. Al parecer, el alcohol no fue el suficiente, o la noche no se alargó tanto.

Se acabó el sushi, la segunda copa se vació y decidimos pedir la cuenta. Salimos del local, y caminamos por unas callecillas hasta llegar al centro. Caminamos bastante, durante como veinte minutos o más. En cada parada, lo miraba, con ganas de robarle un beso. No lo hice, a pesar de lo cerca que estuvimos. Caminamos, hablamos y bromeamos hasta llegar al paradero. Quería besarlo, pero simplemente hubiese sido raro en ese momento.

Subimos a la micro, nos sentamos en unos asientos detrás de otros altos. Algo ocultos, como últimos pasajeros, uno junto al otro. La jornada había sido larga y ya era algo así como las 23°°, y el sueño me atraía cada vez más. Como tanteando el terreno, le pasé mi brazo por debajo del suyo, hasta entrelazarlo, y apoyé mi cabeza en su hombro. Sólo quería saber la respuesta ante ello. ni un minuto permanecí así, diciendo que tenía sueño. Me levanté, de su hombro, y repitiendo la frase que alguna vez él me dijera cuando nos besamos por primera vez, le di un beso. Sentí mucho que no había sentido con ningún otro recuerdo. Mi estómago, mis hormonas bailaban dentro de mí. Mis labios repitieron la incursión. Mis manos en su cara, y nuestras lenguas jugando dentro de ese beso que había pertenecido al pasado, hicieron reaparecer la esperanza de que me podría gustar alguien.

Entre abrazos, besos y un par de palabras llegamos hasta mi bajada. Nos despedimos sin saber del próximo encuentro. La despedida podría haber sido para siempre… eso aún no lo sé.

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